miércoles, 18 de marzo de 2009

Soy el mismo


Soy el mismo, a pesar de la opulencia del tesoro de mis versos;
igual, como el joven de antaño, que le hurtaba guirnaldas al viento,
que se escondía sumiso, detrás de una muralla de sonrisas,
que escuchaba bocinas de misericordias y tiritaba de miedo.
Las agujas gloriosas continúan con su reprimenda,
cuando atormento mis pecados, con olvidos nuevos.
Sigo siendo el de siempre, el que se devora las campanas
[de la iglesia,
sueña con los amores de la plaza y se espanta con los truenos.
Continúo con mis paseos por los antiguos y añosos parques,
recordando las charlas reveladoras, acompañadas de viejos amigos;
mi cara se ha modificado con nacientes experiencias;
pero sigo igual, idéntico, siempre el mismo.

Alma gemela

Aunque se recree
en mí una atemporal inocencia,
sigo creyendo
en la pareja ideal;
en la idílica alma gemela.

No debería extraviarse
el concepto;
ese compacto sueño ceniciento
de unir la pieza perfecta
apoltronada en el debido puesto.

Reconciliado con las hadas,
sigo creyendo, convulsivamente
en que todo transita
por convicciones altísimas, celestes
o por patrones de metafísica,
de un formulario químico que el destino nivele.

En ese intrépido
apareamiento de electrones
buscando estabilidad;
la lógica combinación
de reunir lo peor con los mejores,

sólo un elemento reactivo
dosifica y calma a su contrario,
al crear un nuevo componente.
Lo mismo ocurre con el amor buscado.

Dios crea al ser humano
débil, confuso; pero soñador.
La vida se transmuta en un juego didáctico,
de eslabonar partes de amor.

¡Oh, insufrible racionamiento!,
cuando estoy solitario
soy diferente a mi pareja.

Pero unidos, centellea una alborada nueva,
originamos una fórmula de corazones...
¡Libando estoy entonces,
a mi añorada alma gemela!

Magia

Obtuve la mágica vara,
que prolonga dichas, exaspera orgullos,
y bate el desconsuelo de las almas.

El sombrero es otra cosa,
salen de él, anzuelos de paz, corazones de miel,
rostros amistosos, dulces de amor y cordiales rosas.

Los naipes sellan bastas suertes,
moldean esperanzas, perfuma poemas,
prediciendo la prosperidad del amor por siempre.

No soy prestidigitador que atrinchere al sol,
lo dome, para iluminar senderos y precipitar sonrisas.
Tan sólo un testarudo e inconsciente soñador.

Cuento reverdecido


Comencé la búsqueda
del aliento soñador y humanitario;
en los resquicios de la ciudad,
en el aturdido anhelo y en los brazos cansados.
El fervor parece un amuleto
desparramado en el recuerdo y en la necesidad vencida del llanto.
Soy una capa incandescente
de muros, concretos y vientos enladrillados.
Desprende la aurora
como ajada, deslucida, augurada del afanoso devenir de lo urbano.
Despedazado el respeto bíblico,
lanzado a un boquete amplio de neón, pulverizando la verdad
[de cada canto.
El atuendo de los edificios,
permite entrever que estamos sedados por engavetar destinos.
Dónde está la vigorosa condescendencia,
que calle los indecorosos y belfos labios por un susurro amigo.
Hasta el cristal de las almas
yace empañado, quebrándose, haciéndose añicos.
Todo es impasible, drástico, amoldado a la premura.
Cuesta tanto penetrar en los suburbios del espíritu.
La compostura y la apariencia
son el plato del día, con su escaso sentido.
Requiero levantar a la verdad agazapada,
e iniciar el relato de un cuento reverdecido.

Sonrisa

La sonrisa esparce su magia mansa
de suprimir si es real, el cruel semblante,
siendo la elocuente y más sensata arma
para combatir los dolores mentales.
Una limpia mano, mil dulces palabras,
atizan febriles polvorientos males,
yaciendo amarga la ira atada,
en la bondad de la boca al manifestarse.

Olvidar

Olvidar es más que un esfuerzo mental:
es no soñar en las noches
aguadas de nostalgias, sin más,
que reprimir mis reproches.
Cubrirse de imágenes irreales,
aguardar por otros amores,
que se filtran en nublados cristales,
nublados de gastados valores.
Cómo suprimir el beso hundido en los labios,
cómo superar aquellos sabores,
si la miel derramada, bien saben los sabios,
es dulce en todas condiciones.
La luz se escurre entre la neblina;
abriendo el alma con viejas canciones,
que arde y enciende la aguda ironía
de ser un extraño en aquellas pasiones.

jueves, 12 de febrero de 2009

Desde hoy creo en las hadas...

Desde hoy creo en las hadas;
en princesas y sueños azules.
El viento de espadas, lleva sus cruces;
sus trincheras, palpitaciones y palabras.

Cuándo me diste el beso,
dónde y cómo, pasé de batracio
a un siervo de corazón henchido.


Borraste con un mágico hechizo
las drásticas páginas de niebla,
mientras una oportuna lluvia ligera
galopa por nuestros rostros temerosos
y me habla de un espléndido amor a su manera.

Hordas de estrellas
quedan como piedras en el camino
y crepitan, ansiando nuestras huellas.
Amor, destruye las enredaderas del castillo,
batiendo tus alas de colores;
en todo caso, quizá no existan dragones
ni puentes movedizos;
pero sí una ribera donde anclar nuestras pasiones.

A veces se descongela el frío
en la tibieza de tus luceros visuales;
anonadado, en ese preciso instante,
esparces en el aire esmeraldas y topacios,
llenando con tus escarchas los rosales.

No son fábulas
o relatos de una epopeya particular;
son mucho más, que desinflar una nube
con los bordes de este nervudo arrebato.
Es la nueva creencia de tu pura existencia,
al momento de sepultar tus frutos en mis labios.






José Luis Zambrano Padauy

Forjados en el tiempo


No hay horas
en el silencio,
con su asfixia de rocas.

Tu mirada
tiene olas, espumas secretas,
y una pasión que sella mi boca.

Laceras,
tiempo rudo e intransigente;
los recuerdos son estampillas borrosas.

Amor,
divisa el doblez de la frase oculta.
Por ti, creo en los caminos de rosas.

Dale la espalda
a los ojos mutilados,
pues con sus trapecios esperan la caída.

Por tanto somos una sangre nueva,
sin gritos asoleados y con sonriente brisa;
sin llantos con transmisión en directo;
pero sí, abrazados con la conciencia tranquila.

José Luis Zambrano Padauy

Blanca nieves y los siete pecados

Tal vez en esta historia
no exista un reino
atizado por una bruja,
o manzanas envenenadas
o parlanchines espejos
o envidias sentenciadas,
sólo una cándida y pulcra damisela,
de marinos cabellos
y sonrisa sincera,
y un terciado sujeto
sin caballo, ni artificios,
ni indumento de alteza.

La tan festiva joven
en su suave bondad danzaba,
urdida en su bosque urbano
y en sus bocados de esperanza,
cuando se adentró en un sueño
copado de abruptas telarañas,
a pesar de los entonados versos,
los recodos y las dulces palabras,
su antipríncipe sórdido
no escondió sus harapos,
su talante vidrioso
y sus siete pecados.

Cómo romper el hechizo
de un sueño de cristal,
con tantos viejos caminos
y tantas experiencias de más.
Sobre todo, que siente IRA
cuando alguien la trata mal;
sucumbe en su AVARICIA
pues de él eternamente será.

La ENVIDIA lo corroe
cuando por lógicas razones,
ve que el viento está más tiempo con ella.

No puede evitar la LUJURIA
cuando al avizorarse la luna,
desea amarla totalmente, hasta las estrellas.

Y así, presiente la PEREZA,
de dormir con ella. Enlazados por horas intensas.

Nada evitaría su SOBERBIA,
de tener a su lado a la más dulce del planeta.

Pero este siervo humilde y calamitoso,
te ve sin altivez, sin anacronismos.
En su desaforado cielo, te ama tan sólo,
porque al amarte ve un futuro vivo.

Por ello, reconoce su GULA desmedida,
que despedaza con la lengua y traga los suspiros en silencio.
Desea que la mesa de tu alcoba esté servida,
ya que te quiere comer hasta el último rincón de tu cuerpo.

Ahora, ponle tú un bello final a este cuento,
eliminando guirnaldas y personajes enrevesados.
Di que se amaron hasta el final de los tiempos
la niña de blanca alma y el siervo que no es enano.







José Luis Zambrano Padauy

Cada día


Cada día
nos parecemos más;
tú copias mis heridas,
mis caprichos de la piel.
Yo merodeo en tus ideas
sediento de tu risa
y de tu voz sin tempestad.

Cada día
poseemos de los dos más;
tú haces de tu boca
mis juegos demenciales.
yo desnudo tus silencios
y rastreo igual las horas,
para pertrecharme a tu beso inmortal.

Besamos
con la misma enseñanza.
Sosteniendo huracanes de amor,
midiendo los centímetros de la paz del mar.

Cada día
amamos por igual;
abrimos las persianas
de nuestros ojos peninsulares.
Amamos con talento,
expandiendo continentes en el alma
y así, continuamente, amar, amar y amar.


José Luis Zambrano Padauy

Sirena galáctica


Aunque no sea marino
ni expedicionario del mar,
ni crea sobremanera
en esas polvorientas historias
de bucaneros soñolientos,
divisé una sirena
apostada en un sin fin de silencios,
fabricando olas gentiles
en el horizonte,
haciendo su llamado agudo y frágil
de sonidos indescifrables,
pero que conmovieron mi entendimiento
con su imantada afabilidad.

A pesar del turbio celaje
de un pasado deshilachado,
me convertí en argonauta;
en un pulpo apasionado
que desde la proa de su cintura,
conoció una fortuna cósmica,
de pasiones siderales, celestes,
transportado a un universo de misterios
trazados en un mismo futuro.

Quizá para algunos
sea una chica más,
de las que substrae el oxígeno
de los suspiros enérgicos.
Para mí es una sirena de ciudad,
una dama planetaria,
de placidez astral,
quien con su embeleso oceánico
me hizo tripulante del destino
y me sumergió en la profundidad
de unas manos de azúcar;
de un ensalmo atlántico de venturanza.

Mi embarcación ya no persigue faroles,
sólo el puerto-ninfa donde soñar.

José Luis Zambrano Padauy

Quisiera


Quisiera no tener piel
y abrazar la brisa como mi plataforma;
ser materia incolora, sin densidad,
colarme en los susurros de tu oído
para llegar a tus arterias e impulsos nerviosos.
Alcanzar a transformarme en sensación
o quizá, en latido emocional
de tanta envergadura
que sea capaz de deshelar los témpanos
y limpiar las tristezas de tus horas,
para sembrar nuevas expresiones,
aplausos internos y un tropel de alegría,
de la verdadera, no la que viene como en cajas
y se abarata en los “superformalismos”.

Quisiera ser un sentimiento
de esos que llena de perfume las cartas,
lanza al pasado las nostalgias
y tiene una fortaleza paquidérmica,
que ve perfección en los defectos
y no tiene reparos en perdonar.

Quisiera, más allá de derribar pretiles
o sermonear a la soledad por su “no compañía”,
acercarme a ti a hurtadillas
y fundirme en tus movimientos;
no para agotarme en tus exhalaciones
ni debilitarme por tus vértigos de oficina,
sino para ser tu suspiro de paz
y albergarme en tu sueño más profundo.
Quisiera , tan sólo, acompañarte eternamente.


José Luis Zambrano Padauy

Quiero...

Quiero estrenar
nuevas palabras en tus labios,
decirle al silencio expansivo
que cada sonido reposando en tu garganta,
enternece sin ser escuchado.

Quiero batir en duelo
a esa prudencia empantanada;
desempolvar los secretos de los rincones
y rociar de caricias perentorias
tu piel de niña perfumada.

Quiero reinventar el olvido,
extraviar premeditadamente las sombras,
eliminar el ruido al estrépito
y reír, contigo, de las miradas tenaces,
pues quiero sellar con un sueño tu boca.

Quiero diseñar la cautela
en el prado oscuro de lo oculto;
sin la temeridad en cápsulas de tiempo
ni el comentario severo haciendo cuentos.
Sólo quiero amarte, vida mía, hasta el fin del mundo.


José Luis Zambrano Padauy

martes, 10 de febrero de 2009

Nupcias eternas

No temas
del silencio
que el destino está en la mesa.

Le estreché la mano a la luna
por cuidarte de las luciérnagas.

Brindé con el atónito césped
y su verde esperanza en mis venas.

Tengo una ciudad de gaviotas
que bailan sicalípticas en los edificios;
viendo la paz espejeada en la corriente
musical de ese río de sumisas piedras.

Nos sentamos en un banco
de ese núbil restaurante.
En el telón de la inocencia
desgranamos los primeros besos a tientas.

Hoy los fanales deslumbran
un universo de caricias;
en el vapor del tacto, la lumbre flamea.

Con las copas unidas
degollamos al búho conspicuo,
irrumpiendo en la hondonada de tus piernas.

Negamos la sordidez;
pero si existe pecado en el amor
a los ojos del mundo lanzamos la primera piedra.

José Luis Zambrano Padauy

Pienso en ti

Puedo despistar
a las vilezas
o revestirme de escudos,
pero sólo estoy pensando en ti.

Aunque me ponga
de sombrero una carcajada
y amarre mis oídos ante el encono,
la felicidad reside si estás junto a mí.

El pequeño patio
de mi historia, es un vergel
de optimismo y sabia paciencia,
que se percude si no estás aquí.


Le doy de trompadas
a los caprichos del tiempo
y vigorizo mi estancia de evangelios,
que pueden borrarse si no llegas a venir.

Escucha las nobles notas
que suenan a vida y porvenir.
Mi mente estampa un puente de tesoros, pues mi mayor riqueza es pensar en ti.

Ya no hay espirales…

Ya no hay espirales,
sólo una línea recta e infinita.

No existen vilezas,
en este llanto colmado de risas.

Aquellas miradas apiñadas en la mente.

Tengo los dedos marcados,
de tu virtuosa estancia de eternidad.

Una frase pasea en las bocas;
se desliza saboreando respuestas de más.

Soy más tuyo al transcurrir los meses.

Una bala se aloja en mi ventrículo,
pequeña, dulce y salada, con vastos caminos.

Casi un año, de asumir el veredicto,
un año de novios, amantes, esposos y amigos.

Adquiero la estampa de padre en tu vientre.

Haremos una casa,
para alojar un amor noble y barrer las migas.

Tengo la parcela
sembrada de hogar, guarnecida de caricias.

Decapito el tiempo y muelo esquemas por verte.

Soledad como consorte

Yo quisiera
que alguien me explicara
por qué la soledad tiene túnica espesa,
los pies manchados de recuerdos
y una lágrima para compartir.

Dónde se hizo reina del silencio,
nos bañó de sombras
haciendo nudos de existencia;
enrejándonos como un alguacil.

Siempre esconde respuestas
en el bolsillo del desvelo,
dejando boquiabiertos
a los lunares de la noche.

Sus bombillos
tienen vatios vacíos;
su ocurrencia a destiempo
me encierra sin picaportes.

Soledad,
asesinas como en sorbos,
en un gotero adusto,
sin fármacos decididos,
para envolvernos
en tu capa de asfalto.

Miedos lineales,
cómo aquieto
a los fantasmas hambrientos
si guardas culpas en tu armario.

Quién inventó
la palabra “compañía”
en adjetivos plurales,
para andar de puntillas
en los precipicios de la razón.

Con el cerebro rebujado,
perdí el pasaporte de la placidez,
desactivé aquellas notas
sicóticas, biliosas y sin valor.

Me enrosco en su madeja,
circundándome con ese pretil;
un torbellino de gestos, es
esa fotografía de su sonrisa magistral.

Tengo un par de horas sin ti,
amor mío, y se expandieron
las arrugas a la ventana.
Ahora, dame la esperanza para irte a buscar.

Tarde

Es verano. La tarde reposa
y no cede en sus caprichos y empeños.
Quiere tener huesos
y subsistir con tu nombre.
Pero no es virginal.
Se quedo sin bufanda en la ventana;
jadeó su luz hirviente,
marchándose para masticar su envidia.

Amor, tu reluciente vida
es la voluntad reflejada
en el diáfano vidrio de mi imaginación.

De la nada


De la nada
la montaña puede erguirse
bajo la sombra del ave resentido;
el sermón tiene afonía, la boca reluce
y hasta el fango limpia la memoria.

De la nada
las emociones son aerolitos,
arriban pedacitos de una nueva dimensión;
danzan las estatuas, se excitan las mejillas,
sonríen las glándulas y la flecha de norte se curvea.

De la nada
El grito tiene luz propia y con eco,
no hay viajes con astillas y el fusil flama fe.
No existen días iguales, por tanto mato al psicoanálisis
de un solo bostezo. Hay átomos y destinos en la piel.

De la nada
la ceguera es telescópica,
el valor tiene su aceite para combatir.
El aire se pinta de hojas fugaces, al hombro del cielo,
con un sol con pecas y ganas inmensas de vivir.

De la nada
soy mejor. No veo hojarascas
o el fracaso no tiene leyenda para poder decir.
Me persigue el entusiasmo con cerrillo encendido.
De la nada apareció un hada para hacerme feliz.

José Luis Zambrano Padauy

Querubín noctámbulo

Hay un fantasma merodeando
en los estruendos de mi lecho transfigurado.
Extrae desórdenes de su bolsillo,
canturreando una tonada burlesca que amo,
en la que invoca luces,
cartas y sueños dulces,
con la notable sentencia de un rumbo trazado.

Cuando Dios envía serafines
para bofetear al insomnio y su confines,
es por la novedad de un amor frío, tibio y cálido.

La notificación del ángel pudo definirse
con nuestro cariño de día, de tarde y noctámbulo.

José Luis Zambrano Padauy

Manifiesto eterno

Tengo miedo de que copies
los desquicios de otros
y no te vistas de mis palabras.
No redoblen las emociones
o traspapeles mis huellas
por otras alboradas novedosas.

Cuando tu aire no mora
en estas cuatro paredes,
siento aprensiones cóncavas,
adustas, compactas de mutismos
y de otoños deshojados.

He llorado cuando me calzo
de madrugadas despobladas;
no alzan en vuelo las palomas ingenuas
o tu dibujo es disolvente;
y aunque anude los recuerdos
mis dedos no callan su lamento,
pretendiendo tomar las rosas de tu piel
y hacerlas propias en un gemido inmortal.

Ámame, cielo venturoso,
observa al día ampliar su calendario.

Me canso de contar los setecientos mil segundos
que no acompañas mis ofuscaciones.
Mi moneda tiene dos caras iguales,
por eso siempre decido usar
un mismo guardarropa;
la misma franela risueña
y ahorrarme amarguras planetarias.
Por tal razón, mis pies se amortiguan
en un destino común y único,
adherido a tus besos domésticos,
con ese sabor a hogar, a clarín centelleante,
a fogata imborrable, a tu particular eternidad.

Amor, si mi corazón pierde el sepia
de su entonaciones
y va a transfigurarse de silencios,
comprende que no fuiste un aperitivo
para la existencia,
ni estuviste de paso
al gobernar mis conjugaciones.

Entonces, acude a mi transparencia,
pues allí estaré,
guardándote un puesto en mi tumba.

José Luis Zambrano Padauy

Blanca nieves y los siete pecados

Tal vez en esta historia
no exista un reino
atizado por una bruja,
o manzanas envenenadas
o parlanchines espejos
o envidias sentenciadas,
sólo una cándida y pulcra damisela,
de marinos cabellos
y sonrisa sincera,
y un terciado sujeto
sin caballo, ni artificios,
ni indumento de alteza.

La tan festiva joven
en su suave bondad danzaba,
urdida en su bosque urbano
y en sus bocados de esperanza,
cuando se adentró en un sueño
copado de abruptas telarañas,
a pesar de los entonados versos,
los recodos y las dulces palabras,
su antipríncipe sórdido
no escondió sus harapos,
su talante vidrioso
y sus siete pecados.

Cómo romper el hechizo
de un sueño de cristal,
con tantos viejos caminos
y tantas experiencias de más.
Sobre todo, que siente IRA
cuando alguien la trata mal;
sucumbe en su AVARICIA
pues de él eternamente será.

La ENVIDIA lo corroe
cuando por lógicas razones,
ve que el viento está más tiempo con ella.

No puede evitar la LUJURIA
cuando al avizorarse la luna,
desea amarla totalmente, hasta las estrellas.

Y así, presiente la PEREZA,
de dormir con ella. Enlazados por horas intensas.

Nada evitaría su SOBERBIA,
de tener a su lado a la más dulce del planeta.

Pero este siervo humilde y calamitoso,
te ve sin altivez, sin anacronismos.
En su desaforado cielo, te ama tan sólo,
porque al amarte ve un futuro vivo.

Por ello, reconoce su GULA desmedida,
que despedaza con la lengua y traga los suspiros en silencio.
Desea que la mesa de tu alcoba esté servida,
ya que te quiere comer hasta el último rincón de tu cuerpo.

Ahora, ponle tú un bello final a este cuento,
eliminando guirnaldas y personajes enrevesados.
Di que se amaron hasta el final de los tiempos
la niña de blanca alma y el siervo que no es enano.

Quisiera

Quisiera no tener piel
y abrazar la brisa como mi plataforma;
ser materia incolora, sin densidad,
colarme en los susurros de tu oído
para llegar a tus arterias e impulsos nerviosos.
Alcanzar a transformarme en sensación
o quizá, en latido emocional
de tanta envergadura
que sea capaz de deshelar los témpanos
y limpiar las tristezas de tus horas,
para sembrar nuevas expresiones,
aplausos internos y un tropel de alegría,
de la verdadera, no la que viene como en cajas
y se abarata en los “superformalismos”.

Quisiera ser un sentimiento
de esos que llena de perfume las cartas,
lanza al pasado las nostalgias
y tiene una fortaleza paquidérmica,
que ve perfección en los defectos
y no tiene reparos en perdonar.

Quisiera, más allá de derribar pretiles
o sermonear a la soledad por su “no compañía”,
acercarme a ti a hurtadillas
y fundirme en tus movimientos;
no para agotarme en tus exhalaciones
ni debilitarme por tus vértigos de oficina,
sino para ser tu suspiro de paz
y albergarme en tu sueño más profundo.
Quisiera , tan sólo, acompañarte eternamente.

José Luis Zambrano Padauy

Desde hoy creo en las hadas...

Desde hoy creo en las hadas;
en princesas y sueños azules.
El viento de espadas, lleva sus cruces;
sus trincheras, palpitaciones y palabras.

Cuándo me diste el beso,
dónde y cómo, pasé de batracio
a un siervo de corazón henchido.

Borraste con un mágico hechizo
las drásticas páginas de niebla,
mientras una oportuna lluvia ligera
galopa por nuestros rostros temerosos
y me habla de un espléndido amor a su manera.

Hordas de estrellas
quedan como piedras en el camino
y crepitan, ansiando nuestras huellas.
Amor, destruye las enredaderas del castillo,
batiendo tus alas de colores;
en todo caso, quizá no existan dragones
ni puentes movedizos;
pero sí una ribera donde anclar nuestras pasiones.

A veces se descongela el frío
en la tibieza de tus luceros visuales;
anonadado, en ese preciso instante,
esparces en el aire esmeraldas y topacios,
llenando con tus escarchas los rosales.

No son fábulas
o relatos de una epopeya particular;
son mucho más, que desinflar una nube
con los bordes de este nervudo arrebato.
Es la nueva creencia de tu pura existencia,
al momento de sepultar tus frutos en mis labios.

José Luis Zambrano Padauy

Quiero...

Quiero estrenar
nuevas palabras en tus labios,
decirle al silencio expansivo
que cada sonido reposando en tu garganta,
enternece sin ser escuchado.

Quiero batir en duelo
a esa prudencia empantanada;
desempolvar los secretos de los rincones
y rociar de caricias perentorias
tu piel de niña perfumada.

Quiero reinventar el olvido,
extraviar premeditadamente las sombras,
eliminar el ruido al estrépito
y reír, contigo, de las miradas tenaces,
pues quiero sellar con un sueño tu boca.

Quiero diseñar la cautela
en el prado oscuro de lo oculto;
sin la temeridad en cápsulas de tiempo
ni el comentario severo haciendo cuentos.
Sólo quiero amarte, vida mía, hasta el fin del mundo.

José Luis Zambrano Padauy

Era transeúnte


Era un mero transeúnte
de la esquizofrenia urbana
y de los besos ininteligibles,
que flanqueaba los sinsabores de los días
con una fe desgastada en el almanaque,
cuando tu algazara de amor rebasó la calzada
y a trompicones atropelló mis labios,
con el ingenuo almíbar de una verdad esperada
en el quicio de los sueños olvidados.

Amor, reúne los pedazos de mi existencia
y concéntralos en tus reflejos primarios.
Llévame con celeridad al hospital más cercano
y asísteme, sin miramientos, con esa demencia
pasional, de vértigos sublimes y besos estrechados.

Aquella colisión despertó mis ideas,
inyectó suero a los versos,
propinó frenesí a la arenga,
debilitando el hermetismo
con dulces y singulares vendas,
que a mis heridas repusieron
de sus confusiones de hiedra,
tejiendo el destino, emplazando mi senda.

Soy desde entonces,
un nuevo transeúnte,
que ya no deja sólo dos huellas en la calzada;
pues se acabó lo relativo
de andar sin rumbo fijo,
ya que mi hogar posee ahora cuatro pisadas.

José Luis Zambrano Padauy

Hoy

Desde hoy no hay ayer,
sólo un aliento que embelesa mi oído,
tapando con sonrisas lo que fue
y haciéndole al futuro sus caminos.

La memoria es un desparpajo
en la cual la experiencia es inservible,
pues hoy se renuevan los encantos
y el pensamiento se volvió más susceptible.

Ayer me cansaban los enigmas
diseminados en los marchitos encuentros;
pero hoy sólo hay una salida
que tiene tu nombre, tus caricias y tus besos.

El presente resulta ahora apacible,
de una afabilidad de golosinas y de abrazos.
El tiempo y el idioma son reversibles:
tu amor solícito tiene mis sueños conjugados.

Detalles del futuro


Me gusta cuando sudan nuestras manos
de tanto estar estrechadas.
Cuando, de soslayo, en la oscuridad
buscas tenazmente mi mirada.

Amo el instante en que tiemblas en mis brazos
y con pasión, casi te toco el alma.
Desde las caricias y su suave embeleso, amo,
hasta el silencio y las palabras.

Me gustas cuando ríes sin freno
y yo callo, para escuchar tu resonancia.
Adoro la pulcritud de nuestros sueños,
que como aves tienen sus alas desplegadas.

Me procuro tu lenguaje sin frases,
tu cautiva verdad, tu eterna esperanza.
Ahora, te entrego los andrajos del pasado,
para hilar el futuro con la luz de las mañanas.

José Luis Zambrano Padauy

Ambrosía

Desde aquella voz trémula y apacible,
conspiradora de los sueños, de aquellos inaccesibles,
que fue liberando en tropel los suspiros;
la avidez de amar enteramente y sin artificios,
he entretejido -varado en un recodo palpitante- ,
cada meta o postulado de un destino nuevo,
que se enrosca persistente en ese arrobado sueño
de envejecer a tu lado y en tu amor por siempre extasiarme.

A despecho de aquel pasado pueril y vano,
sin alicientes válidos para andar los caminos;
con tu adhesión a las ideas, a mis abiertas manos,
ha retoñado a mis años el primer amor de mi destino.

Temo a la luz de tu alma candorosa,
la misma que derrotó a mis convencionalismos;
temo que falte, que galope por la aurora
y se pierda en su pureza, dejándome sin destino.

Recuerdas las primeras frases: francas, nobles,
emocionantes, eternas y a veces sin sentido,
fueron las primeras luchas por esta enorme
veneración de unir el amor en un mismo destino.

No olvidaré las triquiñuelas para vernos,
las charlas entrecortadas y los pensamientos adivinados,
los cuales ya dejaban su hálito de perdurabilidad.
Aunque la ciudad no comprenda nuestra sinceridad,
en el cielo mansamente esta sensación nos avistaron
para sortear con sabiduría los obstáculos intrincados

y escribir con los labios la ambrosía de la felicidad.

Informe de la noche

Bajaste el arcoiris de un suspiro,
rociaste de ternura mi presente,
ampliando del amor sus decibeles,
al darle a la vida su propio himno.

De pecas los senderos de tu rostro
como luciérnagas festivas en mi mente,
me ensalzan una historia tan elocuente
de raudales celestiales vaporosos.

Atrincherado a las ráfagas de tu ternura,
providencial manifiesto de amor natural,
se labran de áurea luz las noches oscuras.

Tu perfume atizado como un principado
en el insomnio, en las sombras de la luna
y en el holgado informe de cuánto te amo.

Nuestro amor no es de cristal...


Nuestro amor no es de cristal
a pesar de su transparencia;
no puede hacerse añicos
en los tropiezos;
tampoco arroparse de desalientos
en las desavenencias,
pues sus cimientos
son de amor,
del más puro y auténtico.

A quién contarle
de los desperdigados sueños
que se han plasmado
en esas pláticas eternas,
sin esa ágil mano
que acaricia mis ideas;
sin los labios más frutales
y sublimes del planeta;
sin ese jardín de éxtasis
que tu cuello se asemeja.

No permitas, amor,
que mi vida ande a tientas,
que la mañana sea igual
que la noche, pero sin estrellas;
que el silencio se aprisione
y gima en el bostezo de la muerte;
ya que las tempestades
se aplacan y manejan su suerte,
al sólo ver tus ojos
afirmando que estarás conmigo siempre.

José Luis Zambrano Padauy

El verdadero amor

El amor se escribe ahora diferente.
Desde que me sacudió tu nombre
posee sílabas genuinas, sin camuflajes
ni estereotipos, pues cada sonido
canturrea de la eternidad su raigambre,
desmigando las ceremonias y los equívocos,
asumiendo el secreto culposo de amarte.

El amor tiene ahora letras cursivas,
con adornos en los bordes
y pasiones definidas.
Se pronuncia en un murmullo
carente de reservas,
con la boca entreabierta y extendida,
regentada por el descontrol y el devaneo,
como si la carnada fuese la propia vida.

El amor suena entonces
a besos despiertos; a flama fundida
en cada espacio; a crepitaciones
de la piel, como sostenidas
en las bocanadas del cielo,
pues carece de esa desvariante
corrosión del desasosiego.

El amor tiene actualmente
excusas convincentes.
No flanquea escaramuzas
ni se emborracha de tristeza.
Ahora se acuesta temprano,
cohabita con las musas,
sólo en la pureza piensa
y tiene el sabor de lo esperado.

Ese amor sublime,
digno, sincero y cándido,
me adivina las ideas
sin jactancias,
pues nadie es amo o esclavo.


Este amor es de color azul,
ama el siete
y es más infinito que el mar.
Es un amor proporcionado
de sólido temple,
que tiene su azúcar y su sal.

Sobre todo, corazón mío,
el amor se bautizó de tu verdad.

José Luis Zambrano Padauy