Obtuve la mágica vara,
que prolonga dichas, exaspera orgullos,
y bate el desconsuelo de las almas.
El sombrero es otra cosa,
salen de él, anzuelos de paz, corazones de miel,
rostros amistosos, dulces de amor y cordiales rosas.
Los naipes sellan bastas suertes,
moldean esperanzas, perfuma poemas,
prediciendo la prosperidad del amor por siempre.
No soy prestidigitador que atrinchere al sol,
lo dome, para iluminar senderos y precipitar sonrisas.
Tan sólo un testarudo e inconsciente soñador.
miércoles, 18 de marzo de 2009
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