miércoles, 18 de marzo de 2009

Soy el mismo


Soy el mismo, a pesar de la opulencia del tesoro de mis versos;
igual, como el joven de antaño, que le hurtaba guirnaldas al viento,
que se escondía sumiso, detrás de una muralla de sonrisas,
que escuchaba bocinas de misericordias y tiritaba de miedo.
Las agujas gloriosas continúan con su reprimenda,
cuando atormento mis pecados, con olvidos nuevos.
Sigo siendo el de siempre, el que se devora las campanas
[de la iglesia,
sueña con los amores de la plaza y se espanta con los truenos.
Continúo con mis paseos por los antiguos y añosos parques,
recordando las charlas reveladoras, acompañadas de viejos amigos;
mi cara se ha modificado con nacientes experiencias;
pero sigo igual, idéntico, siempre el mismo.

Alma gemela

Aunque se recree
en mí una atemporal inocencia,
sigo creyendo
en la pareja ideal;
en la idílica alma gemela.

No debería extraviarse
el concepto;
ese compacto sueño ceniciento
de unir la pieza perfecta
apoltronada en el debido puesto.

Reconciliado con las hadas,
sigo creyendo, convulsivamente
en que todo transita
por convicciones altísimas, celestes
o por patrones de metafísica,
de un formulario químico que el destino nivele.

En ese intrépido
apareamiento de electrones
buscando estabilidad;
la lógica combinación
de reunir lo peor con los mejores,

sólo un elemento reactivo
dosifica y calma a su contrario,
al crear un nuevo componente.
Lo mismo ocurre con el amor buscado.

Dios crea al ser humano
débil, confuso; pero soñador.
La vida se transmuta en un juego didáctico,
de eslabonar partes de amor.

¡Oh, insufrible racionamiento!,
cuando estoy solitario
soy diferente a mi pareja.

Pero unidos, centellea una alborada nueva,
originamos una fórmula de corazones...
¡Libando estoy entonces,
a mi añorada alma gemela!

Magia

Obtuve la mágica vara,
que prolonga dichas, exaspera orgullos,
y bate el desconsuelo de las almas.

El sombrero es otra cosa,
salen de él, anzuelos de paz, corazones de miel,
rostros amistosos, dulces de amor y cordiales rosas.

Los naipes sellan bastas suertes,
moldean esperanzas, perfuma poemas,
prediciendo la prosperidad del amor por siempre.

No soy prestidigitador que atrinchere al sol,
lo dome, para iluminar senderos y precipitar sonrisas.
Tan sólo un testarudo e inconsciente soñador.

Cuento reverdecido


Comencé la búsqueda
del aliento soñador y humanitario;
en los resquicios de la ciudad,
en el aturdido anhelo y en los brazos cansados.
El fervor parece un amuleto
desparramado en el recuerdo y en la necesidad vencida del llanto.
Soy una capa incandescente
de muros, concretos y vientos enladrillados.
Desprende la aurora
como ajada, deslucida, augurada del afanoso devenir de lo urbano.
Despedazado el respeto bíblico,
lanzado a un boquete amplio de neón, pulverizando la verdad
[de cada canto.
El atuendo de los edificios,
permite entrever que estamos sedados por engavetar destinos.
Dónde está la vigorosa condescendencia,
que calle los indecorosos y belfos labios por un susurro amigo.
Hasta el cristal de las almas
yace empañado, quebrándose, haciéndose añicos.
Todo es impasible, drástico, amoldado a la premura.
Cuesta tanto penetrar en los suburbios del espíritu.
La compostura y la apariencia
son el plato del día, con su escaso sentido.
Requiero levantar a la verdad agazapada,
e iniciar el relato de un cuento reverdecido.

Sonrisa

La sonrisa esparce su magia mansa
de suprimir si es real, el cruel semblante,
siendo la elocuente y más sensata arma
para combatir los dolores mentales.
Una limpia mano, mil dulces palabras,
atizan febriles polvorientos males,
yaciendo amarga la ira atada,
en la bondad de la boca al manifestarse.

Olvidar

Olvidar es más que un esfuerzo mental:
es no soñar en las noches
aguadas de nostalgias, sin más,
que reprimir mis reproches.
Cubrirse de imágenes irreales,
aguardar por otros amores,
que se filtran en nublados cristales,
nublados de gastados valores.
Cómo suprimir el beso hundido en los labios,
cómo superar aquellos sabores,
si la miel derramada, bien saben los sabios,
es dulce en todas condiciones.
La luz se escurre entre la neblina;
abriendo el alma con viejas canciones,
que arde y enciende la aguda ironía
de ser un extraño en aquellas pasiones.

jueves, 12 de febrero de 2009

Desde hoy creo en las hadas...

Desde hoy creo en las hadas;
en princesas y sueños azules.
El viento de espadas, lleva sus cruces;
sus trincheras, palpitaciones y palabras.

Cuándo me diste el beso,
dónde y cómo, pasé de batracio
a un siervo de corazón henchido.


Borraste con un mágico hechizo
las drásticas páginas de niebla,
mientras una oportuna lluvia ligera
galopa por nuestros rostros temerosos
y me habla de un espléndido amor a su manera.

Hordas de estrellas
quedan como piedras en el camino
y crepitan, ansiando nuestras huellas.
Amor, destruye las enredaderas del castillo,
batiendo tus alas de colores;
en todo caso, quizá no existan dragones
ni puentes movedizos;
pero sí una ribera donde anclar nuestras pasiones.

A veces se descongela el frío
en la tibieza de tus luceros visuales;
anonadado, en ese preciso instante,
esparces en el aire esmeraldas y topacios,
llenando con tus escarchas los rosales.

No son fábulas
o relatos de una epopeya particular;
son mucho más, que desinflar una nube
con los bordes de este nervudo arrebato.
Es la nueva creencia de tu pura existencia,
al momento de sepultar tus frutos en mis labios.






José Luis Zambrano Padauy