martes, 10 de febrero de 2009

Manifiesto eterno

Tengo miedo de que copies
los desquicios de otros
y no te vistas de mis palabras.
No redoblen las emociones
o traspapeles mis huellas
por otras alboradas novedosas.

Cuando tu aire no mora
en estas cuatro paredes,
siento aprensiones cóncavas,
adustas, compactas de mutismos
y de otoños deshojados.

He llorado cuando me calzo
de madrugadas despobladas;
no alzan en vuelo las palomas ingenuas
o tu dibujo es disolvente;
y aunque anude los recuerdos
mis dedos no callan su lamento,
pretendiendo tomar las rosas de tu piel
y hacerlas propias en un gemido inmortal.

Ámame, cielo venturoso,
observa al día ampliar su calendario.

Me canso de contar los setecientos mil segundos
que no acompañas mis ofuscaciones.
Mi moneda tiene dos caras iguales,
por eso siempre decido usar
un mismo guardarropa;
la misma franela risueña
y ahorrarme amarguras planetarias.
Por tal razón, mis pies se amortiguan
en un destino común y único,
adherido a tus besos domésticos,
con ese sabor a hogar, a clarín centelleante,
a fogata imborrable, a tu particular eternidad.

Amor, si mi corazón pierde el sepia
de su entonaciones
y va a transfigurarse de silencios,
comprende que no fuiste un aperitivo
para la existencia,
ni estuviste de paso
al gobernar mis conjugaciones.

Entonces, acude a mi transparencia,
pues allí estaré,
guardándote un puesto en mi tumba.

José Luis Zambrano Padauy

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