
Era un mero transeúnte
de la esquizofrenia urbana
y de los besos ininteligibles,
que flanqueaba los sinsabores de los días
con una fe desgastada en el almanaque,
cuando tu algazara de amor rebasó la calzada
y a trompicones atropelló mis labios,
con el ingenuo almíbar de una verdad esperada
en el quicio de los sueños olvidados.
Amor, reúne los pedazos de mi existencia
y concéntralos en tus reflejos primarios.
Llévame con celeridad al hospital más cercano
y asísteme, sin miramientos, con esa demencia
pasional, de vértigos sublimes y besos estrechados.
Aquella colisión despertó mis ideas,
inyectó suero a los versos,
propinó frenesí a la arenga,
debilitando el hermetismo
con dulces y singulares vendas,
que a mis heridas repusieron
de sus confusiones de hiedra,
tejiendo el destino, emplazando mi senda.
Soy desde entonces,
un nuevo transeúnte,
que ya no deja sólo dos huellas en la calzada;
pues se acabó lo relativo
de andar sin rumbo fijo,
ya que mi hogar posee ahora cuatro pisadas.
José Luis Zambrano Padauy
de la esquizofrenia urbana
y de los besos ininteligibles,
que flanqueaba los sinsabores de los días
con una fe desgastada en el almanaque,
cuando tu algazara de amor rebasó la calzada
y a trompicones atropelló mis labios,
con el ingenuo almíbar de una verdad esperada
en el quicio de los sueños olvidados.
Amor, reúne los pedazos de mi existencia
y concéntralos en tus reflejos primarios.
Llévame con celeridad al hospital más cercano
y asísteme, sin miramientos, con esa demencia
pasional, de vértigos sublimes y besos estrechados.
Aquella colisión despertó mis ideas,
inyectó suero a los versos,
propinó frenesí a la arenga,
debilitando el hermetismo
con dulces y singulares vendas,
que a mis heridas repusieron
de sus confusiones de hiedra,
tejiendo el destino, emplazando mi senda.
Soy desde entonces,
un nuevo transeúnte,
que ya no deja sólo dos huellas en la calzada;
pues se acabó lo relativo
de andar sin rumbo fijo,
ya que mi hogar posee ahora cuatro pisadas.
José Luis Zambrano Padauy

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